DADME UN LABORATORIO Y MOVERÉ EL MUNDO
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AVANCE
 
 

 

 

Hay algo en Pasteur de Rouletabille, o de Dupin, el Dupin del Doble crimen de la calle Morgue. Los desocupados quedan perplejos ante un crimen incomprensible que atribuyen a un loco o a una fuerza sobrenatural. Dupin, solo, descubre mediante la observación y el razonamiento que en realidad fue perpetrado por un orangután enloquecido y furioso. Los pelos rojos que quedan en la mano retorcida de la anciana señora acusan a un animal tan inocente, al fin de cuentas, como su propietario. Con la invención de la novela policial, el fichaje de las huellas digitales y la policía científica, la época descubre que existen muchas otras maneras de hacer ciencia que la de la física matemática o las ciencias naturales, que es posible apoyarse en signos apenas detectables, en huellas minúsculas, en pistas invisibles. Un poco más tarde Freud, en su diván de Viena, consagrará a los lapsus minúsculos, a los sueños íntimos, a las manías extrañas, la misma atención que los microbiólogos dedican a esos animales invisibles a los que consideran causa de tantas tragedias. En los siete tomos de las obras completas de Pasteur no hay ni una ecuación, ni un cálculo, pero abundan las deducciones y las experiencias, las indagaciones tan meticulosas como las de la policía y las escenas tan impensadas como las de El misterio del cuarto amarillo. “Si el asesino no podía estar allí, es que estaba”, razona Rouletabille, plegando los hechos dispersos y las declaraciones erráticas al “buen fin de su razón”."Yo les voy a mostrar por dónde entraron los ratones”,

   

exclama Pasteur en una escena no menos teatral, en la que deshace, con gran diversión de la Sorbona, las deducciones del “inspector Pouchet” sobre las causas de la generación espontánea, mostrando por dónde pueden introducirse los gérmenes del aire sin que el experimentador más atento se dé cuenta.

Sin embargo, las novelas policiales que deleitan al público difieren en dos puntos del teatro de combates preparado por Pasteur y los suyos. Ante todo, en este último los personajes no son humanos; segundo, éstos sólo pueden presentarse ante un público de colegas escépticos a condición de construir por entero un mundo artificial donde se hacen visibles únicamente por sus efectos sobre otros personajes. Fuera de esas diferencias –que ha sido preciso exagerar para separar la ciencia de la literatura–, el drama, la pasión, los meandros de la investigación, todo puede suscitar el interés del espectador. La distinción entre el mundo del laboratorio y el de la vida cotidiana no debe intimidar al lector ignorante; no se trata de franquear la barrera entre el mundo profano y el mundo sagrado. Ni siquiera se trata, como hoy, de pasar del mundo cotidiano al mundo esotérico de la “alta tecnología”. Lo que entra en el laboratorio de Pasteur, por lo menos al principio, todavía se parece a la vida cotidiana; si hace una experiencia sobre la fermentación de las ciruelas emplea ciruelas; si cultiva microbios en un caldo se trata de un caldo, o

 

 

 
               
 
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