HABLEMOS UN POCO DE POLÍTICA
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AVANCE
 
 

 

 

Supongamos que se exige a los políticos (y una vez más no se trata sobre las personas de la profesión que lleva este nombre, sino de la función política asociada a la composición de cualquier grupo) que ellos “hablen la verdad” “repitiendo exactamente” lo que dicen sus mandantes “sin traicionarlos ni manipularlos”.

¿Qué pasaría?

El algunos continuarían siendo el algunos, la multitud seguiría siendo la multitud; se habría hecho nada más que repetir (fielmente para la información y por consiguiente falsamente para la política) la misma cosa dos veces.

¿Exigencia absurda?

Es sin embargo lo que se reclama todos los días a voz en cuello y a grito limpio cuando se quiere que los políticos estén “cerca del pueblo”, que ellos “se nos parezcan”, que se pueda “identificarlos”, que no haya “más distancia entre ellos y nosotros”, que ellos “pongan fin a la fractura social” gracias a su “natural” y su “autenticidad” que pruebe que ellos “son como nosotros”.

   

Pidiendo transparencia, rectitud y fidelidad, se pide que el círculo ya no sea más un círculo sino una línea recta gracias a la cual el mismo permanecería exactamente el mismo en la más perfecta (y mortal) semejanza. En la práctica, vuelve a pedir el fin de la política y, por consiguiente, el fin de la autonomía sin embargo tan ponderado ya que, la multitud no sabiendo nunca como volverse una, no habrá jamás de ganarse representación. Una representación fiel (en el sentido prometido por la información doble click), si esto fuera posible, traicionaría al objeto mismo de la fidelidad política. Es necesario escoger entre la autenticidad, seguido de sus consecuencias más extremas, y el difícil trabajo de la libertad que exige una forma particular de “mentira”, digamos al menos de curvatura.

 

 

 
               
 
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