POLITICAS DE LA NATURALEZA
41
42
CAPÍTULO II - 2a. PARTICION : LA ASOCIACION DE HUMANOS Y NO-HUMANOS
 
  2ª PARTE : LAS ASOCIACIONES DE HUMANOS Y NO-HUMANOS    

exploración de nuevos dispositivos de fonación para tomar en cuenta a todos los no-humanos* que, de todas formas, ya hacemos hablar de mil modos, esto sería entonces, por el contrario, abandonar la venerable tradición y volverse de verdad salvaje. Bárbaro es, precisamente, como lo define Aristóteles, aquél que ignora las asambleas representativas o que limita, por prejuicio, la amplitud y el alcance; el que pretende, invocando un poder indiscutible, poner en cortocircuito el lento trabajo de la representación*. Lejos de volver sobre esta adquisición, pretendemos, por el contrario, denominar Civilización* esta extensión de la palabra a los no-humanos y resolver finalmente el problema de la representación, que había vuelto impotente a la democracia tan pronto como fue inventada debido a la contra-invención de la Ciencia*.

Bien nos damos cuenta, sin embargo, de la dificultad : redistribuyendo las dificultades de palabra*, hemos desdramatizado una primera oposición entre las entidades mudas y los sujetos hablantes. Devueltos a la vida civil, humanos* y no-humanos* desmovilizados pueden dejar sus hábitos* de objetos* y de sujetos* para participar en común en la República*. Pese a esto, no hemos liquidado nuestras penas, ya que debemos reconvertir muchas otras características de esta industria de guerra, antes de disponer de «ciudadanos»

 

 


   

Es fácil objetar que, a pesar de todas las contorsiones de las que nos librarnos, es siempre el científico el que habla. Si se está listo para mezclar en una única arena la controversia científica y la discusión política, no se puede más que desconfiar de una extensión salvaje de la palabra a las cosas. Siempre es el humano, en efecto, el que despotrica. Hay allí una asimetría insuperable no sólo en la práctica, sino insuperable en el derecho, si se quiere mantener el lugar eminente de los humanos y conservar esta admirable definición de «el animal político» que sirve desde siempre de fundamento para la vida pública: es porque habla libremente en el ágora que el hombre –al menos el ciudadano varón– tiene derecho de ciudadanía. Pues bien, ¿quién dice lo contrario? ¿Quién quiere modificar esta definición? ¿Quién quiere arruinar el fundamento? Por nuestra parte nos situamos precisamente alineados según estos principios, en la larga y venerada tradición que ha constantemente extendido lo que se llamaba humano, ciudadanía, libertad, palabra y derecho de ciudadanía. La historia no está terminada. Ocurre sólo que los griegos, habiendo inventado a la vez la Ciencia y la democracia, nos dejaron un problema que nadie supo resolver desde entonces. Querer prohibir la

               
 
  glosario             atras avance